INDIO
No hace falta decir que mi día empezó igual que el de todos ustedes: congelado. Como al final de Hamlet, siento la tentación de afirmar simplemente que el resto es silencio. Trato de trabajar con esa tentación, por esa tentación, contra esa tentación y abro esta ventana para comunicarme con alguien que también esté muy triste. No puedo ser pulcra, literaria, ordenada. Puedo ser esto: un manojo de nervios lleno de lugares comunes que llora a un tipo singular, irrepetible. Mi lugar común no es hoy un defecto: es lo que me pone dentro de una época, un lugar y una forma de habitar el mundo.
Murió el Indio.
Cómo mierda se va a morir el Indio. Cómo se sigue ahora. Cómo puede ser que siempre se mueran los buenos. Qué vida de mierda. Ahora estamos solos. Somos huérfanos, somos menos, somos…
Lo primero que hice fue no entender. Después temblé, después escribí todo lo que se me ocurría en todas las redes sociales en todos los chats y en cualquier lugar que me permitiera escupir letras como lágrimas. Todavía no lloré. Pensé en esa canción peposa del Indio que habla del silencio ante el dolor que nos da no entender la oscuridad. Porque el problema no es la oscuridad: es la incertidumbre. Cómo mierda se va a morir, cómo se sigue, cómo puede ser. Pero la pregunta es vital: quiero decir que nos mueve y nos da vida. Una certeza: ahora estamos solos. Una pregunta: ¿qué hacemos con esta soledad?
Hoy recibí mensajes de la mayoría de mis amigos y me llamó mi papá. Mis amigos recibieron mensajes de sus otros amigos y quizá hablaron con sus viejos también. No puedo evitar pensar en esa cosa moderna de enojarnos con el que se pone en primera persona, yo-yo-yo para narrar un acontecimiento último, la muerte de un ídolo. Pero ¿qué es un ídolo del tamaño del Indio sino, sobre todo, eso que hizo de nosotros?
Hoy leí a un amigo decir que el Indio nos cambió la vida, y pensé que con treinta y dos años el Indio no me cambió la vida: me la forjó. Puso sin saberlo mucho de lo que fui en el traspaso a la adolescencia, en lo que vino después, en mi gestión de una vida dolorosa, en mi noción sobre hacer arte, sobre escribir, sobre reflexionar tu época.
El Indio es para mí la mística de un sótano en el que pasan cosas prohibidas y pasa gente que sube y baja y arma un monstruo colectivo capaz de resistir al tiempo. El Indio es una trinchera contra la idea de que no queda otra que doblegarse para poder hacer. El Indio es la primera complicidad con mi hermano, el primer lenguaje íntimo entre dos niños que empiezan a descubrirse y aprenden a ser hermanos. También es el Indio la banda de fondo para el video de mi casamiento en el que una amiga revolea un vaso porque no puede contener la energía o la felicidad o porque sí. Es la magia: soy yo caminando por Gualeguaychú subida a la bicicleta del tío Alberto, sin señal y sin contacto con nadie y encontrándola. A esa amiga que revolea el vaso, a esa amiga que se sorprende de verme, a esa amiga que hoy llora conmigo.
Los pies embarrados, el pantalón endurecido, las zapatillas listas para prenderse fuego como una ofrenda y un riff de Skay sonando en cada esquina.
¿El resto es silencio? Parece que sí, pero ¿por qué? Van yéndose del mundo uno por uno los que estuvieron siempre, sin saberlo, supervisando nuestra inserción en el mundo. Cada vez, decimos: ya no hay ética, ya no hay estética, ya no hay futuro. Huérfanos, decimos. Pero ¿qué es ser hijo si un día no hay que devenir también, simbólicamente, padre o madre? ¿Qué hacemos con lo que nos enseñó el Indio? ¿Lloramos y después a otra cosa? ¿Lloramos y después escribimos? O lloramos y pensamos desde dónde seguir: cuál es el hilo de su legado del que queremos tirar.
Entonces salimos al mundo, escribimos, reflexionamos, comunicamos, nos juntamos, hacemos música, pintamos cuadros, jugamos, probamos, rompemos las pelotas para que otro, más joven, un día pueda decir que hubo antes que él otra gente haciendo.
Era lindo saber que el Indio existía con nosotros, desde lejos pero en el mismo tiempo que nosotros. Y duele y va a doler y está bien.
Pero después llega un momento en el que quisiera que nos miráramos, entre nosotros y para adentro, para pensar qué viene ahora de verdad. No como una pregunta retórica sino como un llamado a la acción: qué viene ahora. Si la ausencia del Indio en el mundo empeora el mundo, ¿qué vacancia va a hacer falta cubrir? No la de las palabras complejas, no los sintetizadores o la guitarra de Skay: qué sensibilidad, qué preguntas, qué enfoques, qué forma de la independencia, qué con la oscuridad y qué con todo.
El Indio no es mi patria, pero mi patria es ricotera.
Entonces mi patria está de luto, eso es un hecho, pero después del dolor no hay silencio.
Habrá canciones, decía él.


Esos tipos no mueren, son eternos. Esos tipos soplan con el viento al rebaño y su temor. 🎸