Tenemos que hablar
No te voy a pedir perdón por tener algo para decir.
Ayer reprimí intervenciones en una conversación sobre sexo porque temí a la incomodidad ajena. De fondo el sonido de la panceta crocándose en la olla y una gatita que entraba y salía por la ventana casi como el síntoma de una borrachera extraña. No es que hubiera querido decir gran cosa: algo sobre la diferencia entre coger cuando entrenás y cuando no. Durar más arriba, en movimiento. Nada gráfico, y definitivamente en una modulación mucho más relajada que las barbaridades que venía diciendo mi interlocutor. Capaz fue porque yo tenía a mi pareja al lado y él no: él podía hablar y yo pensar en abstracto, al revés era otra cosa. O eso pensaba yo, en eso que hago a veces de embrujecerme y creer adivinar una incomodidad que voy a traer y obligarme a virar de algo interesante a algo seguro.
Una parte es toda mía y supongo que podemos decirle neurosis. La otra parte es también de otros, me antecede y probablemente me sobreviva, y tiene que ver con que hay cosas de las que simplemente no se habla. Pasaron pocos años del 2018, y sin embargo de alguna manera, contra lo que yo habría esperado en ese entonces, no me resulta anacrónico hacer esta aclaración. Me refiero a que yo realmente creí que nuestra agitación iba a ser suficiente para cambiar el mundo, pero acá estamos.
Alguien metió una lapicera en uno de los dos agujeros de la Tierra y giró y giró hasta que la cinta volvió a cero.
Al tabú. Al pudor.
En estos días en Twitter anduvieron discutiendo sobre la posibilidad o no de llegar a la fe de adulto, si está bien o mal bautizarse a los treinta años y cosas en ese universo de tópicos traídos a colación por un streamer converso y su testimonio televisivo en semana santa. Como judía no tengo nada para decir (no christ, no opinión), pero voy a hacer una elipsis y llegar a lo que me importa: la discusión sobre performance. Esa era la gran acusación: un bautizado a los treinta años es pura perfo.
Porque: ¿que te importe algo? Performance.
Performática la pasión, la lectura en público, el gusto por la música de otro tiempo, el amor por el cine, la reflexión sobre una técnica, la amistad, la religión, los besos, la curiosidad, la afinidad política, la militancia, el fanatismo, la bronca, la camiseta, la pregunta, la fascinación temerosa por lo sublime.
¿Podremos afirmar que si todo es performance nada lo es o ir más lejos y definir que da lo mismo si una cosa es performance o no? Que incluso una cosa que es perfo puede ser también otra cosa: puedo creer y puedo mostrar que creo en el mismo acto, puedo amar y puedo mostrar que amo en el mismo acto, incluso puedo jugar a que amo hasta que amo en serio: no es que todo sea relativo pero muchas cosas son variables y es deseable que lo sean, porque están vivas y son multidimensionales.
Vuelvo al tabú y al pudor de vivir: esas acusaciones son cómplices del vacío en el que vivimos. Del vacío en el que por lo menos yo siento que vivo. Nada importa, nada tiene que importar, no hay que contagiar malas vibras, no hay que quejarse, hay que compartir y hacer espacios “del bien”, hay que pensar con optimismo, no hay que pasarse de revista sudestada, hay que sufrir solo, hay que resolver solo, hay que sonreír, hay que dejar asentarse el vacío adentro.
En medio de un contexto imposible, todos con tres laburos haciendo malabares para no enloquecer o sucumbir a la depresión, sosteniendo entusiasmo sin energía, siempre al límite, es entendible que la gente (nosotros, la gente) necesite distracciones. Todo se está yendo a la mierda y a veces cuesta entender qué carajo significa ser humano, para qué ser humano y cómo. La guita no alcanza, algunos están cada día más hijos de puta, es difícil tener conversaciones que persigan la intención de construir algo, divertirse sale caro, ¿cómo no vamos a necesitar distraernos? Olvidarnos de que el mundo es todo eso: armar burbujas incluso, en las que el mundo no sea eso.
Es cosa de entrar a mi cuenta de letterboxd: pura comedia y cuanto más delirante mejor. No es que no quiera pensar: es que necesito placer fácil a cualquier costo porque la gravedad está enrarecida y me pesa el orto.
Pero aunque sea entendible, entonces ¿qué? ¿Asumimos que el mundo está perdido? Decimos: esto es, ahora sufro solo, que la plata no alcance, no me quejo, no personalizo, no soy solemne, no aburro, no corto la calle, no rompo las pelotas, no incomodo, no comparto una idea, no doy motivos para acusarme de performer, no explico, no me vuelvo pretensioso, no intento destacar.
Estoy tratando de hacer el ejercicio de pensar en cuáles tópicos son de los que no hablo y preguntarme por qué: me cuesta hablar de sexo y de guita, me cuesta retomar dolores viejos en presencia de otros, me cuesta decir que tengo miedo a la locura, me cuesta nombrar un problema, me cuesta elaborar una idea compleja o difícil de explicar, me cuesta posicionarme cuando sé que la mayoría se opone a lo que quiero decir, me aterra que me interrumpan y perder el hilo, me cuesta contradecir cuando sé que mis argumentos son sólidos, me aterra que no me entiendan, me aterra que dejen de quererme porque por una vez yo pienso otra cosa y no me animo a señalar que quizá no siempre cada argumento vale lo mismo. También le tengo pánico a ese momento de una vida nueva en el que a veces alguien se distrae y de golpe mira una pantalla y la palabra en mi boca me sabe absurda y no sé si tengo que terminar de hablar o no pero sé que hay una forma de la dignidad y no sé cómo se agarra y tengo manos de manteca.
Mucha de la gente que señala snobismo o performance se queja de que ya nadie conversa en estos días, mientras anula la conversación y se deleita en afirmar que todos están equivocados. Yo me considero privilegiada porque estoy rodeada de conversadores exquisitos, quiero decir: gente que sabe decir, gente que sabe escuchar y gente que hace preguntas. Pero mis límites son míos y no los pedí. Quizá sea difícil hablar de sexo por esa cosa de lo que es abstracto y lo que no.
¿Por qué me cuesta hablar de guita? ¿Cómo vamos a mejorar las condiciones en las que existimos si no conversamos entre nosotros sobre lo precarias que son? No podemos cambiar el mundo guardando en secreto lo que nos duele del mundo, no podemos ni siquiera coger mejor si no hablamos de coger: nombrar los problemas no supone poner la carga sobre la espalda de otro, sino contarle a ese otro que tenés una carga ahí y que el otro te cuente sobre su carga, quizá intercambiar consejos sobre cómo distribuirlas mejor para que pesen menos, o alguna otra cosa que ayude a resolver o a aprender a convivir, y si tenés suerte capaz incluso llegar a la noción común de que sus cargas se parecen y es injusto, porque hay unos gigantes haciendo sombra y poniéndolas ahí para aumentar la dificultad de alguna cosa que no quieren que tengas.
Me atrevo a decir que no solo no importa si las cosas son perfo: capaz esté bueno, entre tanto bombardeo, tanta propaganda, tanto odio… capaz esté bueno mostrar tu pasión. Contagiar a alguien. Hablar de cosas malas y habilitar a un otro a hablar de sus cosas malas. Hablar de cosas interesantes y habilitar a un otro a interesarse. Ninguna cosa se parece a la muerte tanto como negarse a sentir la experiencia vital, que es también sufrir y llorar y dar pasos en falso. Esos años de organización feminista, que parecen lejos para algunas de nosotras que nos alejamos de algo que sigue ahí, nos mostraron el efecto de sacar la palabra afuera del cuerpo. Saber que la palabra está ahí permite que un otro se la apropie y la saboree, la devuelva, la preste, la guarde, la riegue.


Algo que venía pensando y tu texto me ayudó a poner en palabras es que hay una idea de "performance" o "performativo" como falso que dista mucho de cómo veníamos interpretando en otros casos. Incluso leí un texto que cuestionaba asociar a los therian con las personas trans (conclusión que comparto por otras razones) porque "el género no es una performance" y pensé ¿no habíamos dicho que lo es y está bien así? ¿Acaso no es imposible construir una identidad sin performarla?
Me encantó 🌷🤍 hace poco hablaba con un amigo y con mi hermana de que a veces nos sentimos más cómodos en la ironía, pero que eso después nos termina congelando... no decimos cosas hondas porque nos empieza a dar vergüenza hablar sin esa comodidad que nos da el cinismo o la ironía. Creo que en estos momentos donde las cosas están tan dificiles es necesario abrir el corazón y comunicarnos desde ahí tmb